Vilna, la gema del Báltico

Hoy viajamos a Vilna, la capital de Lituania.

A unos 30 km de la frontera con Bielorrusia encontramos las 360 hectáreas que ocupa el casco histórico de Vilna –o Vilnius–, uno de los más amplios de la Europa oriental y uno de los mejor conservados barrios medievales de Europa del Este declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde el año 1994.


El Nobel literario Czeslaw Milosz definió a Vilna como una ciudad cuyas nubes parecen arquitectura barroca y cuya arquitectura barroca se asemeja a nubes coaguladas.
Por eso, en esta ciudad ver iglesias es algo más que una opción, es prácticamente un imperativo.
Empezando por su curiosa Catedral blanca, semejante a un gigantesco templo romano y cimentada en las más enigmáticas creencias paganas, con una enorme torre exenta también blanca, y continuando por una interminable lista de templos entre los que destaca la barroca opulencia de San Pedro y San Pablo, el esplendor interior de la iglesia dominica del Espíritu Santo, la apabullante ornamentación rococó del templo dedicado a Santa Teresa, el renacentista aspecto de ladrillo de San Francisco y Santa Bernardina y el encantador aspecto con que el templo de Santa Ana interpretó el gótico utilizando treinta y tres tipos distintos de ladrillo. Y sin olvidar tampoco sus bellos santuarios ortodoxos, con sus características cúpulas.


Pero lo que realmente sorprende de la capital lituana es la armonía que se respira en todo el conjunto histórico, la amplitud de sus plazas, la depurada elegancia de sus antiguos palacios neoclásicos, la serenidad de los tonos pastel de las fachadas, los rincones de verdor y la visión casi desde cualquier punto de sus colinas boscosas. La animada Pilies –calle del Castillo–, la más vieja y lujosa de la ciudad, adoquinada y con bien conservadas muestras del gótico y el renacimiento, sigue el trazado del antiguo camino hacia Polonia y Rusia. Hoy plagada de comercios donde se venden, entre otras muchas cosas, los dos productos más renombrados de la ciudad: las prendas de lino y el ámbar, el mítico oro del Báltico, destaca sobre todo por el buen número de cafés, hoteles y restaurantes emplazados en edificios históricos de cálidos y acogedores interiores. Mucho encanto muestra también el antiguo barrio judío, que destaca por sus callejuelas sinuosas y por sus bien restauradas casas.


Lo más conveniente para conocer las maravillas de Vilna es alojarse en pleno casco histórico. Algunos de los hoteles que podemos encontrar por esta zona son: el grandilocuente Kempinski Hotel Cathedral Square, en la plaza de la catedral, que mezcla un estilo clásico y moderno con restaurante de cocina europea y un lujoso Spa. En la animada calle Pilies encontramos dos buenas propuestas: el histórico Narutis, elegante y cálido, con un moderno Spa y su vieja bodega convertida en un atractivo restaurante, y el original Atrium, que ha habilitado un edificio del siglo XVI con mucho cuero, ladrillos vistos y tapicería de tonos terrosos, con sauna y jacuzzi, algunas habitaciones realmente espaciosas y una sabrosa gastronomía argentina.
Fuente: Viajar
Imágenes: Google

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